Por Pablo de la Cruz Roldan Jimenez
“Tenemos que dejar de ser tan egoístas y poner un poco de nuestra parte…”, “Debemos remar todos en una misma dirección…”, «Esto es una oportunidad para demostrar tu compromiso…», “Si tienes tiempo para descansar, tienes tiempo para mejorar…», “El trabajo tiene que salir, me da igual como te apañes…”
Todos conocemos estas manidas frases. Todos se las hemos oído a nuestros jefes para justificar un sobreesfuerzo no remunerado. Tal vez horas extras impagadas, tal vez guardias forzosas y mal pagadas, tal vez un “favorcito” que te estropea tu tarde libre… lo que sea con tal de que saquemos ese trabajo que, por la ineficiencia y desorganización de la empresa, no hemos podido completar en nuestra jornada laboral.
Pues bien, esto es lo que está haciendo el canciller alemán Friedrich Merz. Durante su discurso en el Consejo Económico de la CDU, el Canciller criticó duramente la conciliación de la vida laboral y personal:
«En este país tenemos que volver a trabajar más y, sobre todo, de forma más eficiente«, afirmó hace unas semanas Merz en una jornada económica de su partido, la Unión Cristianodemócrata (CDU). «Con la semana de cuatro días y el Work-Life-Balance [el equilibrio entre la vida personal y profesional] no podremos mantener la prosperidad de este país«, agregó, desatando una oleada de críticas.
Como podemos observar en el siguiente gráfico, Alemania está perdiendo productividad (y por tanto competitividad):

Tabla 1: Productividad alemana en los últimos 10 años
El discurso de Merz va en línea con lo que señalan muchos analistas económicos: esta pérdida se debe a una relajación en las condiciones laborales como causa principal de la “decadencia” productiva de la “locomotora alemana” y hace resurgir el debate de la supuesta holgazanería de los trabajadores alemanes. Pero ¿es realmente cierto que esta pérdida se debe a la supuesta “vaguedad” de la clase obrera alemana?
En el siguiente gráfico, podemos observar un aumento significativo del precio de la energía desde finales de 2021, con un pico máximo en el último tercio de 2022:

Tabla 2: Precio de la electricidad alemana en los últimos 5 años
Este precio energético influye directamente en los costos de fabricación de la industria alemana, gran parte de la cual es intensiva en energía:

Tabla 3: Costos de fabricación alemanes de los últimos 5 años
Como podemos observar, existe una relación directa entre ambos acontecimientos. Una subida del precio de la energía provoca una subida en los costos de fabricación. Si comparamos estos datos con el índice de la productividad, ya podemos establecer una relación de causa que explica la pérdida de productividad y competitividad: el aumento del precio energético, que se traslada a los costes de fabricación, y no la relajación en las condiciones laborales.
¿Y cómo se explica este aumento energético cuyo “rally” empieza a finales de 2021 y que alcanza el punto de verdadero “shock energético” en el último tercio de 2022?
La respuesta está en la guerra de Ucrania y las sanciones impuestas a la energía rusa. A finales de 2021, las tensiones entre Rusia y Alemania se materializaron en el desabastecimiento deliberado de energía rusa para paliar la fuerte demanda alemana. El punto álgido del aumento energético se produjo a partir de las sanciones impuestas por Occidente a la energía rusa tras el comienzo de la guerra de Ucrania.
Fijados estos hechos, los datos de la productividad alemana toman un cariz diferente:

Tabla 4: Productividad alemana en los últimos 10 años
Como podemos observar, son las medidas de los políticos alemanes los que hunden la productividad alemana, mientras que dichos políticos culpan a la propia clase obrera alemana y les piden un sobreesfuerzo.
No tengamos duda de que, discursos como el del canciller alemán, los escucharemos cada vez más a menudo. Se trata de que nosotros mismos pensemos que no estamos haciendo lo suficiente, de que la culpa es nuestra. No es más que el castigo psicológico al que te somete tu jefe cuando quiere que trabajes gratis, pero amplificado a nivel nacional.
Como siempre, los desastres políticos, la dejación de responsabilidades y el servilismo de unas clases dirigentes que no piensan en el bien nacional y que se limitan a cumplir órdenes diseñadas desde Whashington y desde los despachos de Bruselas, son pagadas por las clases trabajadoras de las distintas naciones.