Revista de ideas para gente con ideas

REVISTA DE IDEAS PARA GENTE CON IDEAS

Sobre la conciencia del trabajo. Parte II.

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Por M.A. López Jareño

6. Apelaciones.

Al estoicismo que haga tener conciencia de las cosas que están en manos de los productores para poder cambiar el orden establecido, centrar su atención en aquello sobre lo que pueden incidir, esto es, la producción, y no preocuparse por aquello que está alejado de su rango de influencia, de su voluntad, es decir, los partidos, las tramas políticas, los parlamentos, la economía financiera y especulativa. Que les haga tomar la conciencia de ese viejo topo que trabaja subterráneamente.

A cierto ascetismo, espíritu de sacrificio, de sobriedad. A ese estoicismo que les ofrezca una resistencia pétrea, como principio de escisión, ante la degeneración del mundo que les rodea. Un estoicismo que los mantenga incólumes, precisamente, ante la moral verdaderamente débil, que es la de aquellos que conforman el grupo de los que se llaman vencedores y que tratan, y en buena medida han logrado, de expandir su veneno mortal a la totalidad de la sociedad.

A ese estoicismo de Epícteto, quien superó la esclavitud, que nos exhorta así: únete a lo que es espiritualmente superior, independientemente de lo que otras personas piensan o hacen. Mantén tus verdaderas aspiraciones sin importar lo que esté sucediendo a tu alrededor.

A ese estoicismo que, como el del poema de Kipling que colgaba de la pared del despacho de José Antonio, nos haga ser hombres (y mujeres, se entiende) en un mundo de máquinas o de alienados, para construir una civilización de hombres.

Desde esta inmunidad labrada gracias a esta brecha establecida respecto de la actual postmodernidad burguesa, puede empezar a brotar la flor de una moral renovadora. Entonces, como ya hemos dicho que no podemos considerar que el socialismo consista en un prodigioso martirio, y como tampoco es posible ni conveniente acogerse a esa estricta frialdad racional con la que los estoicos regulaban las emociones, porque muchas veces hay mucho de sinceridad en ellas y en algunas ocasiones nos pueden conducir a grandes acciones, toda esta abnegación, llamada a fructificar en insurrección, deberá desplegarse violentamente cuando haya alcanzado el vigor suficiente para barrer el mundo de la injusticia, de la dominación y plantar la bandera redentora de los vencidos.

Respecto del concepto de democracia aristocrática, tampoco hay mucho que comentar; como venimos diciendo, el socialismo debe rechazar de principio todo sentido aristocrático, pero el sentido popular, de masas, el espíritu de resistencia estoica al que apelamos no implica, ni mucho menos, que tengamos que ser dóciles cabestros resignados, no estamos aludiendo a una moral de esclavos. Nuestro estoicismo no nos debe apartar de la intransigencia e incluso de la autoridad, principios fundamentales sobre los que, de igual manera que tratamos de forjar a golpes con el martillo de la autodisciplina nuestro propio espíritu, aspiramos también a construir el nuevo mundo, la nueva patria y la nueva civilización para que sostengan tensamente la nueva justicia derivada de la nueva moral de productores que debe ser implantada a través de eso que algunos llamaron dictadura del proletariado, y que no debe tratarse de otra cosa que la conquista del Estado por y para los productores. Intransigencia y autoridad, que no obediencia ni autoritarismo; la autoridad necesaria para neutralizar a los enemigos de la verdadera libertad que ha de brotar de nuestra idea.

Si el trabajo debe ser dignificado, por toda la sustancia humana que entraña y que le otorga ese valor moral, si por la dignidad del hombre se debe humanizar al trabajo, todo aquel trabajo que por su naturaleza conculque necesariamente la dignidad de la persona, o sea, todo trabajo indignificable, inhumano, debe ser abolido. Un ejemplo muy claro es la prostitución. Muchos que se dicen defensores de la libertad, cuando en realidad no son más que sus mancilladores, apelan a ella para defender el ejercicio voluntario de esta profesión, pero considerando la libertad solo como un componente de la dignidad, que es la máxima categoría del valor humano, aquella no puede servir para lesionar a esta, pues, en tanto que es un componente suyo, también se anularía a sí misma. Si somos contrarios a la mercantilización de la fuerza de trabajo por todo el contenido espiritual, humano, que en ella hay, cuándo no más seremos contrarios en el caso de que lo que se mercantilice sea el propio cuerpo humano. Igual que con la prostitución, una vez implantado un nuevo orden, una vez dignificado y liberado el trabajo en su dimensión personal, toda actividad laboral que atente contra la dignidad propia, de terceros o contra la totalidad del cuerpo social, perderá la categoría de tal y debe ser perseguida. Por ejemplo, las relacionadas con la venta y distribución de estupefacientes, juegos de apuestas, usura y especulación, etc. Esta cuestión constituye el segundo aspecto de la moralidad del trabajo, aprehensible gracias a esta conciencia empática que en el seno de las masas productoras debe brotar. El primero constituye la inmoralidad intrínseca a las relaciones bilaterales del trabajo que sobre todo asalariado se cierne en razón de la explotación de su fuerza de trabajo. La inmoralidad de este segundo aspecto hace referencia a la propia naturaleza de la actividad laboral.

7. La tercera consciencia que los productores deben adquirir.

Las masas trabajadoras, en general, no son con conscientes del poder que tienen colectivamente, como masa —la manera en que ellas actúan en la historia—, como suma de sus fuerzas individuales de trabajo; sin esta fuerza-masa, el sistema, el mundo, se cae. Conscientes de este potencial, los viejos sindicalistas revolucionarios confiaban en la huelga general revolucionaria como su gran arma para derribar el viejo mundo. Sabemos de la imposibilidad de esto en nuestros días, pero un primer paso muy importante para la construcción de un orden nuevo sería que las masas trabajadoras adquirieran este sentido trascendente de la operatividad histórica que su fuerza de trabajo conjunta les otorga. Todo el potencial de su poder reside ahí. De esta consciencia se deduce esta otra: que el patrimonio material de las patrias también les corresponde históricamente a ellos. En este sentido, cabría señalar aquí cierto paralelismo con lo que el catecismo de la Iglesia católica llama el destino universal de los bienes, cosa que muchos católicos de las buenas horas parecen querer olvidar de continuo. Ya hemos hecho breve referencia a algunas argucias que las clases constrictivas han vertido sobre la carga moral del trabajo para orientarlo en su favor, otra de esas argucias muy común ha sido apelar al patriotismo. Esta ha sido, sin duda, una de las mayores perversiones que se hayan podido perpetrar: apelar al patriotismo, al deber social que de este se deriva, para constreñir a la clase trabajadora y dominar la fuerza y los productos de su trabajo. En oposición a esto, muchos movimientos obreros reaccionaron contra el patriotismo. El antipatriotismo de este talante (acompañando a otros) ha llegado a nuestros días, ya vacío de todo contenido revolucionario, como simple cliché. Renunciar a ello, a un patrimonio material que han ido construyendo soterradamente en la historia con su sacrificio y con su propio ser desplegados en esa fuerza-masa de trabajo histórico, supondría una derrota de sus intereses y de su misión histórica. La patria les pertenece y de la conquista por parte de esta clase productora dependerá su salvación y su renovación futura. No negamos que se pueda servir a la patria con el trabajo propio, he ahí, también, su dimensión social con la que abríamos este texto; precisamente por eso, este ha de ser libre, porque no podemos permitir que servir a tu patria suponga pasar por el aro de la esclavitud moderna. Es deber de todos los patriotas tratar de liberar al trabajo de sus relaciones bilaterales de dominio y subordinación para que servir a la patria a través de él suponga un ejercicio de libertad.

Por otro lado, a través de ese trabajo histórico, la patria también se hermana con otros pueblos, cuyas clases obreras participaron en la construcción y agrandamiento de la misma gracias a su trabajo y al patrimonio material de sus tierras. Así sucede, por ejemplo, que gracias al trabajo actuante en el desarrollo del tiempo quedan vinculados los trabajadores de Iberoamérica y los de España, o los africanos de las antiguas colonias francesas con Francia. A menudo, desde posiciones nacionalistas se suele rechazar estos vínculos, “Europa es blanca”, dicen algunos. Lo cierto es que estas fuerzas, desde que se encontraron en la historia, han actuado influenciándose mutuamente en la evolución de ambas partes. Nosotros, España, llevamos la civilización, la cultura, la tecnología, labradas desde abajo por el acervo del desempeño histórico de generaciones de clases productoras, que a ellos les permitió progresar, salir del despotismo hidráulico y del neolítico hasta constituirse en naciones políticas modernas independientes. Ellos, sus clases productoras, también engrandecieron y enriquecieron nuestra patria, que fue también la suya, con su trabajo.

8. Los límites que engloban la categoría de los productores.

En ella se enmarcan: reproductores y extractores de la materia prima (ganaderos, agricultores, pescadores, mineros, piscicultores, etc.); transformadores de la materia, que a partir de esas materias primas o de insumos producen mercancías (industriales); y servidores, si bien puede resultar demasiado abstracto hablar de un servicio como mercancía, su relación con el mundo de la producción es de inmanencia. Podríamos decir que en el modo de producción capitalista actúa como mercancía en tanto que se está poniendo en el mercado la fuerza misma de trabajo (intelectual o manual) de una o varias personas para la ejecución de una actividad en la que suele estar implicado el uso o consumo de mercancías (transportadores y distribuidores de las mercancías; trabajadores comerciales, haciendo posible su intercambio, la venta de las mercancías para la realización del valor y del plusvalor; benefactores sociales, como sanitarios, profesores y maestros, trabajadores sociales, etc. que proyectan todas sus virtudes, su saber, su ser a través del trabajo directo sobre otras personas para su beneficio, desarrollo y salvaguarda, y a través de esa persona ese beneficio repercute socialmente) Por otro lado, los trabajadores intelectuales, de dirección, empresarios, en definitiva, si usurpan los frutos del trabajo ajeno, no se contarán entre los productores.

Por último, queremos advertir que, aun siendo muy conscientes de la potencia del trabajo, tampoco es recomendable caer en los mimos elogios que la ideología burguesa del trabajo le profiere, ni en otros ardides, como hemos visto, que justifiquen los sacrificios del trabajo domeñado, pues, hoy por hoy, ensalzar las virtudes del trabajo asalariado sería cantar una loa a la constricción. Contra ese dogma del trabajo creado por los economistas y moralistas burgueses escribía Paul Lafargue en El derecho a la pereza, llamando la atención y criticando la asunción ciega de dicho dogma por parte del proletariado que, según él, hasta tal punto llegó que se obstinó en imponérselo a los capitalistas, como prueba el lema socialista (con origen en la Segunda epístola a los tesalonicenses del Nuevo Testamento): Quien no trabaja, no come.[1] Personalmente reconozco, y no es por oportunismo, que nunca me terminó de gustar ese lema. Sería más preciso decir: quien explote el trabajo ajeno, no come; pues el lema original entraña un sesgo excluyente y vierte un tono imperativo sobre el trabajo. Habrá quienes gocen de innovar, de realizarse a través de su trabajo, de invertir en él su creatividad y su capacidad de desarrollo, de repercutir con su trabajo en beneficios sociales; habrá quienes prefieran o necesiten desarrollarse individualmente de otras maneras, para los cuales el trabajo solo será un medio de subsistencia que les restará tiempo en la persecución de sus intereses vitales; habrá, incluso, quienes se las apañen sin trabajar de alguna u otra manera; siempre y cuando no vivan conculcando la libertad del trabajo ajeno, no creo que puedan molestar a nadie. Cuando el trabajo sea solo para los trabajadores, en una patria solo de trabajadores, habrá encontrado su realización histórica; con la liberación del trabajo (en el plano inmediatamente factible, el individual) será posible su repartición de la que hablábamos más arriba: los que quieran realizarse a través de él, de su potencia creadora y social, podrán hacerlo; los que quieran aportar lo imprescindible para su subsistencia, lo podrán hacer también, pues no es de suyo estar durante ocho horas diarias una persona trabajando y otra en la lista de parados, cuando ambos podrían satisfacerse con cuatro horas de actividad laboral.[2] Los primeros, en el gozoso pecado de hacer progresar y prosperar la sociedad materialmente, llevarán la penitencia de ser responsables de crear nuevas necesidades sociales; los segundos, en el confortable pecado de no acelerar el desarrollo de las fuerzas productivas, llevarán la penitencia de no hacer prosperar a su patria. Lo principal, como decimos, es liberar al trabajo humano de la explotación, del dominio de otros hombres.

Ahora bien, conscientes de esta constricción y de todas las implicaciones que hemos ido comentando, brindamos todo nuestro respeto hacia el trabajador, que manteniendo un carácter estoico que lo preserve de las degeneraciones postmodernas del neoliberalismo cultural, podría guardar todas las esencias necesarias para la construcción de una nueva moral de productores para una nueva sociedad socialista de donde, como decía G. Sorel, pueda salir la salvación del mundo. [3]


[1] Lafargue, P. (1883). El Derecho a la pereza. Prokomun Libros. p.48

[2] Todos los proyectos de esa índole que no se planteen cambiar las relaciones de producción capitalista, como viene haciendo el Partido de Íñigo Errejón, Más País, son camelos -en el mejor de los casos- cuando no torticeras artimañas que esconden espurias intenciones (ya sabemos que la izquierda (sic) parlamentaria española es muy amiga del capital financiero de los globalistas).

[3] Sorel, G. (1906). Reflexiones sobre la violencia. Alianza. p. 343: «El sindicalismo pretende crearse una ideología verdaderamente proletaria; y, a pesar de lo que digan los sabios de la burguesía, la experiencia histórica […] nos enseña que eso es muy viable y que de ahí puede salir la salvación del mundo».

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