La emergencia como método de gobierno

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La crisis, ya sea económica, financiera, energética, de seguridad, climática o sanitaria; se ha instaurado sin lugar a duda como la forma de gobierno de nuestras sociedades, y es de esperar que en las décadas venideras se acentúe de manera significativa, al mismo ritmo que requiera la propia decadencia de las sociedades occidentales.

Aclarar desde el principio que este análisis no tiene intención de abordar cuestiones sanitarias o climáticas desde la perspectiva científica, sino que es ante todo un análisis político, es decir, un análisis crítico a las políticas fomentadas por el sistema global capitalista en su conjunto e implementadas por los regímenes democráticos liberales.

Si es, sin embargo, un cuestionamiento a que las múltiples emergencias dirijan la vida pública por encima de las necesidades populares, o que la voluntad política de las elites oligárquicas financieras de derruir los estados de bienestar, precarizar el trabajo, privatizar enormes esferas de la vida social como la sanidad y la educación, o la destrucción del sistema público de pensiones, sean tapadas por el telón de la emergencia.

También es legítimo cuestionar como los comités de expertos, los especialistas en múltiples cuestiones dirigen o dan legitimidad a políticas que influyen en ámbitos que les son ajenos y que afectan en general a toda la sociedad. Puntos de vista parciales que pretenden resolver problemas parciales (desde evitar ataques terroristas solo desde la perspectiva de la seguridad policial, a evitar la incidencia del coronavirus, sin tener en cuenta las implicaciones en la
economía). Y es que es de esperar que un virólogo abogue por evitar que aumenten los contagios, y un médico busque la defensa de la salud a toda costa, y esto es absolutamente lógico ya que el especialista sitúa su campo en un eje de importancia superior. Los problemas vienen cuando desde el poder político se otorga a la parte el todo, evidentemente con una intencionalidad de control social. Llama la atención la legitimación de toda una transformación social gracias al aval científico, pues sin duda ya no debemos hablar de la emergencia sanitaria como una crisis temporal, sino que se prolonga en el tiempo de manera cuasi indefinida. Lejos quedaron los tiempos en los que se decía que el nivel de peligrosidad pandémica disminuiría con el tiempo, cuando aparecen cada vez nuevas variantes que sitúan el fin de la emergencia en un futurible a muchos años vista, mientras vuelven los “lockdown” y las medidas se endurecen a niveles de 2020.

Al mismo tiempo la losa del endeudamiento, de las privatizaciones, de los retrocesos de sectores claves de la economía, se ven claramente tapados por la emergencia y por la defensa de la salud. Si la vida está en peligro poco importan nuestros derechos, tanto individuales como colectivos, que retroceden sin visos lamentablemente de que se recuperen a corto y medio plazo.

El derecho más atacado bajo mi punto de vista es el de la soberanía, teóricamente en manos colectivas de la población, pero en la práctica en manos de la necesidad científica de bajar la incidencia del COVID, de bajar las emisiones de CO2 o de evitar ataques terroristas, razón por la cual seguimos en nivel 3 de alerta (un nivel pensado para situaciones de emergencia pero que probablemente nos acompañe durante el resto de la primera mitad de siglo cuanto menos).

Todas estas cosas hacen que los países se encuentren paralizados, las sociedades divididas en núcleos pequeños para evitar contagios, las movilizaciones obreras cuestionadas como irresponsables, la militancia política trasladada a las redes sociales, la economía paralizada y en crisis y los derechos sociales en retroceso. Ante todo, son situaciones que la clase política achaca a la pandemia y plantea como irresolubles por la pandemia, convenciendo a grandes sectores de la sociedad de su inevitabilidad. La soberanía, volviendo a ella, no existe. Solo existe la emergencia y la defensa de la vida propia como máxima política, bajo la cual nada tiene importancia.

Y sin embargo a nadie se le escapa que hipotecar el futuro tendrá consecuencias muy
importantes sobre nosotros mismos, también, por qué no, sobre la vida, que bien podrá
existir, pero de una forma totalmente pauperizada respecto a cómo la entendíamos antes de
la pandemia.

De nuevo insisto en que este pequeño artículo no pretende negar nada, pero si cuestionar el rumbo de nuestras sociedades. Vivimos en un momento en el que el miedo al contagio y la utilización política del instinto de supervivencia no nos puede nublar la situación, que es de desintegración, de retroceso y de implantación autoritaria de un capitalismo diferente al que estamos acostumbrados, el de las Big Tech, y de la información, el de la explotación en el propio domicilio, convertido en centro laboral, donde la línea entre trabajo y ocio se diluye, es el mundo del hiperindividualismo. De tal manera que estamos aislados en habitaciones, trabajando y consumiendo, con miedo al contagio y confiando en la vuelta a un mundo que no va a volver, pero esa esperanza nos autoconvence en si misma para aceptar todo tipo de medidas y retrocesos sociales.

Precisamente porque estamos en la situación que estamos la solución pasa por una disposición ante la vida de unidad, de lucha política, de resistencia cultural, de formación de espacios alternativos, de organización etc. Osease los valores contrarios a los de la nueva normalidad. Es imprescindible la superación del miedo como elemento paralizador de la vida social y política de nuestras sociedades. He ahí la clave de acción.

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