Por J. Julio Cuevas Muela
La nueva ley de reforma educativa impulsada por Isabel Celaá, ministra de Educación y portavoz del Gobierno del PSOE, que ha sido aprobada en el Congreso el 19 de noviembre de 2020 por 177 votos (1) a favor –depositados por las formaciones PNV, PSOE, Más País, Unidas Podemos, ERC, Compromís y Nueva Canarias– supone un paso más hacia la descomposición de la nación política española, ya marcada por la Constitución de 1978. El punto que más polémica ha generado es el referido a la eliminación del reconocimiento del castellano como lengua vehicular, equiparando su importancia a las lenguas regionales, otorgando al nacionalismo fraccionario la satisfacción de estar un paso más cerca de sus objetivos secesionistas y de hundir políticamente al pueblo español en su conjunto.
Para dar paso a esta cuestión es preciso ahondar en aspectos que se han obviado y que facilitan la culminación de estos procesos de descomposición nacional.
1.1 El Régimen del 78 contra España.
No es casual este paso del Gobierno del PSOE, pues en el artículo 2 de nuestra Constitución –una carta otorgada como metamorfosis del régimen anterior– donde se articula el modelo territorial autonómico, alude de forma casi directa que España es una nación de naciones al albergar el reconocimiento, en su entraña, de otras nacionalidades; tomando las identidades regionales como ajenas al proceso histórico de España en todo su conjunto y cediendo ante la aspiración separatista de reconocer dichas identidades como naciones étnicas con derecho de autodeterminación política, tomando como base la negación de ser los territorios Vascongadas o Cataluña partes de España al poseer una diferencia cultural, incidiendo en el hecho diferencial. Esta posición secesionista –y su caballo de Troya federalista– posee un discurso y una base sobre la que se mueve, y es igual de constitucionalista que un diputado del conservadurismo-liberal apelando a la “unidad de España” tomando como referencia el papel mojado de la CE. Su relato ahistórico parte del supuesto de que lo que llamamos España es una narrativa inventada de la culminación del imperialismo castellano y un subproducto del nacionalismo español (2) para dominar y colonizar al resto de pueblos –en su sentido étnico y tribal– de la península, que es diferente al oficial, ya que esta es una realidad plurinacional (3) sometida por la fuerza a adoptar una identidad única –la española– y que hasta ahora ha resultado ser un Estado fallido incapaz de dominar los pueblos que, in illo témpore, se conformaron en torno a una Historia, lengua, raza y cultura propia (4), al margen del resto. Por lo tanto, la solución al “problema de España” está en la vía del derecho de autodeterminación para que los pueblos vuelvan a su cauce real, sin sometimientos de ningún tipo, ya que España es responsable de unos cientos de años de genocidio, superstición, racismo y represión inquisitorial que llevaron a todo el conjunto de pueblo al atraso más absoluto en su interpretación civilizatoria. España, por tanto, no merece ser conservada y mucho menos formar parte de ella.
Esta entelequia conecta directamente con una visión negrolegendaria de España donde lo imaginario, lo subjetivo y fantasioso no se pierde de vista. En cambio, el análisis histórico no aparece ni escondido debajo de la verborrea idealista y aldeanista. Su concepción de la península es metafísica, al volver a esencialismos tribales que chocan con la Historia al concebir este territorio como una totalidad distributiva donde las partes (pueblos, regiones, ciudadanos..) de un todo (península, España..) son independientes entre sí en la participación de ese todo y cuyo contacto –supuestamente– fue hijo de la mera casualidad estrechada con el azar más absoluto, auspiciado por el trasluz del mito. La realidad es que las regiones que componen la nación española solo se entienden a través de la Idea de España, pues esta idea es la base de lo que en 1812 se llamó nación española –que nace de la segunda generación de Izquierda Definida: la Izquierda Liberal–. Para el análisis histórico es preciso disociarlas, aunque estén plenamente en conexión.
1.2 Europa, el enemigo.
Generalmente se alude a Europa, desde España, en estas cuestiones para hacer referencia a la Idea política de Europa y no a la misma como civilización o continente que se conformó con la filosofía griega, el cristianismo y el derecho romano. Así pues, la Europa realmente existente supone un problema para España, es decir, la Unión Europea, surgida de las cenizas de la IIGM donde todos los Estados forman parte de una plataforma postestatal o postimperial (fase terciaria del curso de las sociedades políticas) de cooperación para alcanzar objetivos de interés común –el desarrollo, el bienestar, la seguridad– unificándose en torno a una misma moneda –el euro– y un sistema político –la democracia liberal homologada de mercado pletórico capitalista– concentrando los poderes administrativos en Bruselas, teniendo para su defensa a la OTAN. Supuestamente, todos los Estados son tratados en igualdad, respetando sus respectivas soberanías políticas, pero esto no se cumple al estar unos Estados –más débiles– subordinados al grupo de Estados hegemónicos, es decir, más fuertes debido a su autoridad en el organismo y a su infraestructura (5); lo que viola el principio de igualdad e independencia establecido, teóricamente, entre los mismos.
Un ejemplo estático es España, cuya condición para entrar en Europa –como si previamente no formara parte del continente (6)- el 1 de enero de 1986 (7) fue deshacerse de su tejido industrial y otros sectores estratégicos para convertirse en el patio trasero del ocio; en el balneario de Europa. Renunciando, de este modo democrático, a ser una potencia de primer orden para estar al servicio de los grandes Estados europeos, que son los que dictan, a grandes rasgos, nuestra política.
Sin embargo, los «planes europeístas» también se están elaborando en lo tocante a la reconfiguración territorial del continente, cuyas proposiciones –denunciadas por expertos en geopolítica como Andréi Kononov o Pierre Hillard– no son novedosas. Caminamos hacia una Europa federal de regiones que tiene como sujeto la «etnia» para la articulación de su marco territorial en oposición al sistema westfaliano de soberanía y al modelo de los Estados-nación creado por la Izquierda Radical en la Asamblea francesa de 1789. Consistiría en acabar con el Estado-nación para ser sustituido por el Estado-región como depositario de la soberanía –siguiendo el principio del Estado de la Cultura del filósofo alemán J. Teófilo Fichte (8) para su creación– al que se le transferiría el poder político que le otorgaría una autonomía que le permitiera asumir competencias políticas como la administración, la justicia, la sanidad, la educación, la seguridad, la lengua vehicular… con la capacidad de tratar directamente con la autoridad de Bruselas o Berlín anulando de facto y de iure al Estado-nación. Este proyecto ya está asentado con 4 documentos clave: La Carta de Lenguas Regionales o Minoritarias, El Convenio Marco para la Protección de las Minorías, Las Cartas de Autonomía Local y Regional y El Convenio Marco sobre la Cooperación Transfronteriza. Coincide con el modelo europeo deseado por el pangermanismo de finales del S. XIX y principios del S. XX recuperado poco después por las SS nazis y ahora por los eurócratas.
Un modelo en el que Alemania saldría reforzada, puesto que a diferencia de su impacto en los grandes Estados nacionales como España, Francia o Italia (donde se procedería a su troceamiento (9) por la cuestión etnolingüística y el “hecho diferencial”), la nación germana vería incrementado su territorio al absorber territorios germanófonos de otros países de la zona euro, conformando un bloque lingüístico y cultural de más de 90 millones de personas. Esto daría autoridad suficiente –junto con su infraestructura industrial y económica– al mundo germánico para ser el corazón geopolítico de este continente y dirigirlo de forma unilateral, aplastando por completo una soberanía férrea que solo se puede defender desde el Estado-nación y no desde unos minúsculos Estados-región cuyo principio divisorio les impide tener la capacidad material suficiente para hacer frente a un engendro continental.
Así, el eurocratismo impulsado por la plataforma postestatal de la Unión Europea tiene como proyecto de integración una especie de “Europa posnacional” donde la transformación de las naciones políticas, a través de procesos de desmembración nacional, les llevaría a una especie de estado anterior, mucho más en conexión con las sociedades humanas naturales como los pigmeos que con la sociedad políticamente constituida. En otras palabras, se acercan más a la tribu que al Estado, conformando la realización continental de un indigenismo europeísta que está en sintonía con las concepciones indigenistas de España del nacionalismo fraccionario, la Izquierda Indefinida y algunos grupúsculos de carácter neonazi que miran a la “etnia racial” como sujeto y el eje de articulación en torno al cual hay que establecer cualquier tipo de plan político.
1.3 Es lengua española, no castellano: en defensa de la lengua nacional.
En el lenguaje y sus formas es donde está el tablero de juego y la trampa para justificar el contenido de esta Ley de cara al castellano como lengua vehicular. Nosotros afirmamos rotundamente que en España no se habla castellano, sino español (10). Este recurso es utilizado por los liquidadores de la nación española, ergo al referirse deícticamente al castellano como lengua vehicular de España, se presupone que ésta no existe al carecer de una lengua propia que la vincule, incluyendo el gentilicio, a la nación política de referencia. Este detalle da soporte ideológico al relato metafísico del “imperialismo castellano”, que reivindica el separatismo o el federalismo (su antesala) históricamente para apoyar su panfleto de odio contra España. “Si no existe idioma español, más razones hay que prueban que España no existe” pensará alguno de estos sujetos.
El castellano, al desbordar los límites de Castilla –su territorio originario– y constituirse como lengua nativa, fue adquiriendo características locales donde fue asimilado, expandiendo su uso desde la sociedad española a la americana, africana o asiática, logrando, además, su interconexión a través de la unificación lingüística; un elemento esencial para la sociedad política y su desarrollo infraestructural. El español (idioma genérico), en su tercera acepción, la lingüística-oficial, como «especie generadora», supone la evolución de un idioma que ha desbordado también los límites circunscritos a la península, regenerando el género, creando modulaciones del mismo a escala internacional. Así, en Murcia, Extremadura o Andalucía se hablará murciano, extremeño o andaluz, siendo estas modalidades modulaciones del idioma español, como en el continente americano se habla cubano, venezolano o colombiano; igual de genuinas todas ellas.
En cuanto a idiomas regionales (específicos) como el catalán, vasco o gallego, se le aplica el adjetivo español tomándolo desde su segunda acepción, la histórico-social, haciendo referencia a la sociedad española en la que se encuentra, convirtiendo además estos idiomas en españoles por la primera acepción del adjetivo, la geográfico-histórica, por su vinculación directa con el entorno y la Historia de España.
Es evidente, que en cuanto a importancia, la lengua española está elevada a un grado superior al ser hablada en todos los continentes por 580 millones de personas (7’ 6 % de la población mundial), siendo la lengua nativa de 483 millones del total y estudiada por 22 millones de personas en 110 países (11). Cifras que se elevan exponencialmente con el paso de los años, clasificándose como la segunda lengua materna más hablada del mundo –por detrás del chino mandarín– y en constante aumento debido a su interés internacional.
Cabe reseñar que la importancia de la lengua española, como idioma genérico, no implica el desprecio por las particularidades lingüísticas habidas en nuestra nación política española. El odio ejercido contra alguno de nuestros idiomas regionales o por sus hablantes es una modulación de la hispanofobia que merece nuestro total rechazo. Pero este reconocimiento es perfectamente conjugable con la defensa de la lengua española como lengua vehicular de España, estando a ésta supeditadas las lenguas regionales que son, objetivamente, de menor importancia que una lengua de alcance global.
1.4. Conclusiones.
En definitiva, la Europa realmente existente y sus planes y programas conjugan muy bien con el modelo de las Comunidades Autónomas establecido en España, con el relato fantasioso de los separatistas para mutilar nuestra nación política y el propósito reaccionario de la Ley Celaá con respecto al idioma español. De la misma manera que a la lengua italiana no se le denomina toscano, pues se estableció como lengua nacional que unificaba a toda una sociedad; el español no puede denominarse como castellano.
Por estos motivos de peso debemos reivindicar la importancia del español y su modo de estar en el mundo, frente a Europa y a sus abortos nacionalistas étnicos. Reivindicar el Estado-nación español desde coordenadas socialistas, centralistas y paniberistas en oposición a la socialdemocracia europeísta; ya sea “constitucionalista” o “soberanista euroescéptica”.
NOTAS.
[1] Un voto más de los necesarios para su aprobación.
[2] Es curiosa esta contradicción en particular, pues el nacionalismo nace de la nación política y no al revés. No puede haber conciencia nacional para la defensa de una nación política moderna que no existe hasta el S.XVIII. España fue antes Imperio que nación política, pared con la que chocan.
[3] El concepto de nación de naciones que introdujo en España el Congreso por la Libertad de la Cultura es básico en esta sustentación. La Izquierda Indefinida (Extravagante, Divagante y Fundamentalista) al no tener al Estado como punto de referencia en los planes y programas, se funde en el maremágnum del nacionalismo fraccionario, siendo una de sus defensoras en la cuestión nacional.
[4] Tienen como referencia filosófica al romanticismo alemán del S. XVIII, que también fue la base del Nazismo.
[5] Siempre ha sido el Estado más fuerte quien ha dominado al pequeño. El proceso dialéctico es único, y se da en las clases, Estados e Imperios a lo largo de toda la Historia, conformando su motor.
[6] “África empieza en los Pirineos” diría Alejandro Dumas, un descendiente de esclavistas que nunca estuvo en España.
[7] Precedido por la firma del Tratado de Adhesión el 12 de junio de 1985.
[8] La cultura, como sustancia de la nación étnica y como resultado del espíritu del pueblo (Volkgeist), es la que tiende a construir un Estado. Por cada “cultura” mitificada debe existir un Estado que la constituya políticamente por cuestiones lingüísticas y hasta biológicas, como la raza, a través del pensamiento Völkisch, donde lo popular (suelo) es mezclado con lo natural (sangre). Es una tesis de la que parten los nacionalismos fraccionarios catalán, vasco y otros, además de los autodenominados “identitarios” en constante conexión con el neonazismo.
[9] Recuerda a la división territorial que el imperialismo occidental quería hacer en Siria para fragmentarla en miniestados teocráticos en beneficio de Israel, EEUU y Francia.
[10] Este adjetivo contiene tres acepciones principales (cuyo uso no puede hacerse por separado, que provocaría incompatibilidades entre sí) que están fuertemente imbricadas: geográfico-histórica, histórico-social y lingüístico-oficial. Véase Gustavo Bueno, “España frente a Europa”, Tomo I, Obras Completas, Ed. Pentalfa, 2019, pp. 67-77.
[11] Datos recogidos por el Anuario “El español en el mundo 2019” del Instituto Cervantes.