Revista de ideas para gente con ideas

REVISTA DE IDEAS PARA GENTE CON IDEAS

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por Antonio Rejano

Una aproximación a un concepto ambiguo

Quizá nos resulte familiar el término rojipardo por escucharlo en medios de comunicación. La primera imagen que se me viene a la cabeza es aquella del capítulo de los Simpson en donde aparecen satíricamente a modo de mofa un ejército de nazis- comunistas. Y no es de extrañar que tuviese su sentido o que paradójicamente dicha serie acierte en decir unos pronósticos o tenga la suerte de acertar ante algunas predicciones. Por algún caso tiene un mensaje subliminal y es precisamente un término que reduce a dos posiciones ideológicas diversas bajo el calificativo de totalitarias frente a la forma de gobierno democrático-capitalistas quienes en teoría nos brindan una sociedad de garantías jurídicas en cuanto a derechos de libertad de, pero quizá no de libertad para. ¿Realmente qué es?

Según cierto lenguaje periodístico afín a una izquierda “woke” se tratarían de unas posturas de izquierdas que se alejarían de sus postulados. Por defender discursos abiertamente patrióticos; por restar prioridad a cuestiones identitarias de minorías en pos de un problema de mayor envergadura como los derechos sociales de la mayoría de trabajadores; priorizando cuestiones de índole económica como los derechos de los trabajadores cuando no la lucha de clases frente a cuestiones identitarias de género o de etnia; e incluso relacionadas con otras subjetividades. Es decir, hablamos de una cancelación por parte de una izquierda hegemónica en el contexto occidental, especialmente europeo, a otra corriente emergente que quizá busque hacer una autocrítica dentro del mismo espectro por la deriva tomada en los últimos años.

Podríamos hablar de una crítica del abandono de un sujeto revolucionario de carácter universal que como veníamos diciendo, podría ser la clase obrera por una suerte de amalgama de oprimidos que podrían ser los pobres, los de abajo, los drogadictos, los migrantes, las mujeres, los gays, los trans, los gitanos, etc. A esto podríamos añadirle la cuestión de la crítica a ciertas cuestiones de género que especialmente meten la gresca entre versiones del feminismo más radical con el de última generación. Pero sin duda alguna saltan las alarmas cuando se hablan de las fronteras, es decir, cuando abarcan discursos anti-inmigración —no tanto por una cuestión de sustitución racial, sino étnica— haciendo especial mención al problema de la islamización junto al de los guetos que llegan incluso a formar sociedades paralelas a aquellas que se basan en un principio constitucional, democrático, de igualdad de todos ante la ley, laico, de división de poderes (aunque sea al menos en la teoría) y otras cuestiones.

Además de la reivindicación de la nación y su propia soberanía para poder llevar un mejor control de todo este tipo de políticas, es decir, disputarle un discurso “populista” que criticaba algunos aspectos de un tipo de globalización concreta a nivel cultural, político o económico a un tipo de populismo de derechas. Siendo más concretos, en el caso español, cabe señalar la cuestión identitaria con los separatismos que reivindican unas naciones fraccionarias sobre un relato etnicista en Cataluña, Vascongadas, Galicia, ¿y quién sabe? Quizá Murcia dentro de poco. Hablaríamos de una izquierda que no estaría dispuesta a negociar con ellos en base a un principio de igualdad de todos los ciudadanos de la nación política, que apuesta por defender una mayor centralización junto con un programa de servicios públicos iguales y de calidad para todos en el marco de un Estado fuerte y soberano que los garantice.

Por otro lado, podríamos decir que en ocasiones hay etiquetas que no son solo odiosas, sino además oscuras, ya que pueden llegar a confundir más que ayudar a clasificar. Si bien el término en un inicio es peyorativo, ello no debería desanimarnos a jugar con él porque según este tipo de lacayos del sistema tienden a empaquetárselo a ciertas corrientes que verdaderamente son disidentes, o al menos se salen de una línea muy marcada. Sin ir más lejos, esta misma línea doctrinal que nosotros publicamos se la tacha  de “rojiparda”, desde luego no somos los únicos que pensamos así. Ahora bien, a qué es lo que podemos llamar con tal denominación, ¿la combinación de ideas comunistas o socialistas con ideas fascistas? ¿La combinación de discursos que defiendan una idea de patria, el valor de la familia nuclear como base y germen de la sociedad sin que sea necesariamente incompatible con otras sensibilidades y especialmente con el Estado? ¿La reivindicación de una herencia grecorromana y cristiana tanto en términos filosóficos y políticos, con la articulación de un movimiento revolucionario de la clase obrera para propugnar un modelo de sociedad en la que el trabajo se anteponga al capital?

A tenor de lo expuesto el filósofo italiano Diego Fusaro se atrevió a definirlo de la siguiente manera:

«El rojipardismo es la clasificación de toda posibilidad de resistencia al globalismo, mientras que la única resistencia posible sólo puede surgir de una dinámica de desglobalización, defensa nacional y resoberanización de la economía. Rojipardo es todo aquel que, consciente de que el antagonismo actual se basa en la oposición vertical entre siervos y señores y no en vanas divisiones horizontales, rechaza hoy la derecha y la izquierda. Por ello es tachado de ser el extremo de ellas. Hoy, cualquiera que defienda una economía de mercado soberana es automáticamente calificado de rojipardo. La clase dominante es tal no sólo en términos económicos y sociales, sino también y sobre todo en la concepción simbólica del lenguaje. Tras una neolengua del modernismo postmodernismo, del pensamiento único políticamente correcto, toda posibilidad de ‘Pensar de otra manera’, de disentir del pensamiento único. Nos convencen así de orientarnos como masas legitimando su dominación. Disentir de esto es el crimen del rojipardismo[1]«.

Este elenco de ideas pertenece a diversas ideologías, y se pueden encontrar hasta en los Estados del Bloque Socialista soviético. Lejos de entrar en una disertación profunda, ya que no es un trabajo de investigación al uso, pero sí un artículo que tiene mucho de análisis y reflexión. Sería oportuno hacer un breve repaso a ciertas ideologías políticas en las que podemos encontrar mucho de estos elementos y hacer una especial mención al caso español, pues se utiliza el calificativo de “falangista” vaciado de cualquier contenido para etiquetar desde la izquierda a las corrientes dentro de la misma que muestren algunas de las características que veníamos comentando —que tal vez es el que más nos atañe. Si existe algún “rojipardismo” en nuestra patria no sería para nada raro poner la vista en aquel curioso fenómeno que supuso el Nacional-Sindicalismo —el cual desarrollaremos más tarde.

Precedentes históricos y vasos comunicantes

Si nos tuviésemos que remontar al pasado, podemos hablar del fascismo rojo como un término empleado tras la revolución rusa y la llegada del fascismo. Se habla de un término que acuñó el anarquista italiano Luiggi Fabri que se emplearía para criticar la deriva que estaba tomando la Unión Soviética después de los primeros años de la revolución. En tal caso, la acusación versaba sobre el supuesto hecho de que el poder comunista estaba empleando métodos autoritarios, los cuales —supuestamente— recordarían al fascismo. Término especialmente acuñado por trotskistas, anarquistas (antiautoritarios) y liberales para recurrir a aquella reducción de fascismo y comunismo como exponentes de un totalitarismo enemigo de la libertad. Pero especialmente cuando indagamos podemos hacer el recorrido en aquellas posiciones se podrían considerar económicamente de izquierdas y sin embargo socialmente de derechas. Ideas que como iremos viendo solo dejan lugar a la ambigüedad.

Sobre todo, lo interesante de todo esto es analizar desde unas coordenadas históricas este fenómeno y sus evoluciones como bandazos de diversas ideologías que se podrían articular en este nombre. Ideologías que, a priori, se presentan como antagónicas ya que si bien es cierto en gran parte lo han sido —especialmente en determinadas coyunturas— ahora parece que hasta se reconcilian. ¿Pero es esto fruto de la casualidad? O mejor dicho, ¿por qué le sorprende a tanta gente esto?

Vuelve a plantearse entonces una teoría como muestra la evidencia histórica de vasos comunicantes. Para una mayor profundidad en detalles y curiosidades históricas hemos facilitado una suerte de referencias bibliográficas al final de este artículo. Además de haber sido un tema recurrente en numerosos artículos en los últimos años, por lo que no nos limitaremos a parafrasear lo que ya se conoce. Mucho menos a reproducir las falacias y mentiras de una izquierda woke, cuyos máximos exponentes suelen caer en numerosos sesgos cognitivos —aunque la presentación de algunos datos iniciales sean correctos. Lo que pone en evidencia que cuentan con un escaso desarrollo en la capacidad de inteligir. No obstante, es preciso aclarar que en ningún momento atacamos a personas concretas, solo describimos hechos y discursos con su posterior confrontación de ideas. Algunos hablan de tránsfugas, de traiciones, de cambios, evoluciones, etc. Cada cual puede sacar sus propias conclusiones. El hecho objetivo es que ha existido un tipo de posición ideológica o de dinámica política y social que algunos desde fuera llaman “rojipardismo” aunque el término no sea muy fidedigno, pero que ha estado a caballo entre varias ideologías, han tenido ciertos patrones comunes y no necesariamente tienen que ser un elenco de movimientos o partidos que defienden exactamente lo mismo. Si, digamos que la reflexión es enrevesada además de tocar realidades y fenómenos complejos, ya que el propio ser humano no deja de ser una pregunta constante para sí mismo.

En primer lugar, podríamos pensar en aquel fenómeno del fascismo italiano. En su manifiesto fundacional se puede ver una política abiertamente socialista; empezando por el origen ideológico de Benito Mussolini. Es una ideología que se presenta como sus posteriores homólogos; como una novedad revolucionaria frente al cambio del paradigma liberal que se desarrolla durante el siglo XIX —consecuencia del derrumbre del Antiguo Régimen— en competición con el resto de ideologías de izquierdas, especialmente el marxismo —aunque algunos autores apuntan a que el fascismo es la tercera revisión del marxismo. Se entendería el concepto de la lucha de clases como algo a superar por un sujeto político, la Nación, guiada por un partido de élite, el cual sería el que abanderaría fascismo. En tal caso, el propio Mussolini plantearía un corporativismo que viene a traer la superación de la lucha de patronos y obreros en el marco de la construcción y resurgir nacional, con el cual se podría cimentar una suerte de socialismo nacional. Lo cierto es que por un periodo sí pudo implementar un crecimiento industrial y económico, así como mejora de la situación de los trabajadores. No obstante, al no atajar el problema de la lucha de clases de raíz, lleva a que dicho fascismo originario se modere y se alíe con una burguesía nacional convirtiendo en insuficiente dicho corporativismo y hasta beneficioso para los patrones.

No solo en el caso de Mussolini, sino de otros militantes de origen sindicalista y socialista, especialmente aquellos influenciados por el pensamiento de George Sorel —gran inspirador tanto del sindicalismo fascista como de Lenin— se unen desde el inicio. El caso más llamativo es del dirigente comunista italiano y también fundador del PCI Nicola Bombacci, que guardaba gran relación con el destacado intelectual —temporalmente preso por el régimen fascista— Antonio Gramsci. Nicola posteriormente se uniría al fascismo y encabezaría esa corriente de fascismo de izquierdas, una suerte de fascismo rojo —precisamente aquí quizá esté más acertada la expresión. Donde en la opinión de los propios fascistas más radicalizados o genuinos vería su fase de mayor aplicación, es decir, el verdadero fascismo según ellos, durante la República de Saló o República Social Italiana de 1943. Él sin duda jugaría un gran papel activista y propagandístico en los últimos años del fascismo, especialmente con el órgano de difusión propagandísitco del partido “La Verità”. Esta corriente dentro del propio fascismo si se propuso llegar a la socialización de los medios de producción, sin embargo fue fugaz. El fascismo que realmente nace en 1919 y muere en 1945, supone para Italia un impulso de su creación, estructuración y cohesión nacional; creó infraestructura industrial y llevando a un desarrollo nacional. Todo esto sin excluir que dicho corporativismo no logró dar soluciones definitivas a la problemática interna y que aliarse con la burguesía y con la monarquía no fue buena idea.

Al hilo de un fascismo de izquierda, se puede destacar como organización a Casapound en Italia, que en los últimos años se ha presentado como una versión de fascismo italiano renovado y adaptado al siglo XXI. Presente en numerosas reivindicaciones sociales donde suelen estar presentes diversos movimientos de izquierdas y especialmente con curiosos homenajes a Chávez o al Che Guevara, así como a Simón Bolívar. Este último si había sido objeto de reivindicación del fascismo italiano, cosa que choca con el español.

Dependiendo del país, fue más o menos impactante la aparición de dicho movimiento al que se le podría aplicar el calificativo de fascismo, de tercera vía (antagónico al capitalismo y comunismo marxista) o nacional revolucionario; términos que según el espectro ideológico y el criterio del autor pueden ir variando. No solo se puede hablar de una mayor o menor relevancia, sino del grado de fagocitación por parte de las derechas más conservadoras que, efectivamente, buscarían financiar una suerte de tonto útil para frenar movimientos obreros, y por lo cual no les interesaba un movimiento que fuese realmente “rojipardo”, cuando precisamente era ese sector al que intentaban ventilarse. Además de todo esto, en ocasiones tuvo más cercanías con un público marxista y en otro caso con un público anarcosindicalista, en líneas generales. A diferencia de las derechas, buscaban llegar al obrero, encauzando así su revolución sin perder la perspectiva de clase pero en un sentido más nacionalista, que conjugase esa lucha de clases con unos valores espirituales y en comunión con la idiosincrasia de la nación en cuestión.

Ciertamente, estas derivas, es decir de socialismo con un enfoque más nacionalista, se dieron dentro del propio bolchevismo en la Unión Soviética. Es sin duda una reducción muy simplista decir que estos movimiento nacional revolucionarios sí tenían en cuenta la idea de la patria y los marxistas no. En ciertos momentos fue su nota característica junto con una mayor precisión en su análisis y propuestas para atajar problemas coyunturales de la nación, pero hasta en el caso de España, donde el movimiento comunista no era tan fuerte como otros grupos de izquierda y en donde la izquierda no supo conjugar de una manera tan directa y resuelta la idea nacional con el socialismo, se tiene en cuenta. El PCE de José Diaz, por poner un ejemplo, se refería a la guerra civil española como la guerra “nacional revolucionaria”, pero a la vez se empeñaba en aplicar el metafísico “derecho de autodeterminación” en nuestra nación política —como si España tuviera la misma problemática multinacional que Europa Oriental. Otro caso que llama la atención es el de Francia, donde tantos dirigentes comunistas se pasaron a las filas del Partido Fascista Francés (PFF), incluso llegando a colaborar con Pétain. Llama también la atención aquel Nacional Sindicalismo francés, distinto del español, de George Valois; el cual nace como un tipo de fascismo creado por un hombre que venía del mundo obrero y concretamente del anarcosindicalismo. No llegó a ser un partido mayoritario pero sí se involucró en la Resistencia frente a la invasión alemana por una cuestión de patriotismo, ya que su lucha era nacional y no podría aceptar una injerencia extranjera en Francia. Algo que le costó finalmente la muerte en un campo de concentración nazi.

Ahora bien, puestos a hablar de un rojipardismo literal, podríamos encontrar aquel claro ejemplo alemán donde en esa pugna interna el sector más radical e izquierdista del NSDAP fue derrotado por Hitler. Donde destacan principalmente miembros de las SA como Rohm y los hermanos Otto y Gregor Strasser. Estos defendían la parte más socialista de dicho partido que aspiraba a dar el poder a los obreros mientras que la de Hitler vendría a ser la aliada de la burguesía alemana. A posterioridad, este sector disidente que aspiraba a tener acercamientos de posturas con la URSS, fue expulsado del partido y crearon el Frente Negro. Al final quedaron en grupúsculos aquella disidencia que no terminó de cuajar. La batalla por el NacionalSocialismo la perdieron frente al sector más conservador, y muchos de ellos volvieron al KPD y desempeñarían un papel importante en la RDA.

El error de análisis de la izquierda fucsia

En tal caso, escritores como Forti, obsesionados con una “extrema derecha”, no fallan en aludir a estas evidencias y en reconocer que estos populismos de ahora no son aquel fascismo —porque no se puede negar lo evidente. Pero persisten en utilizar estos casos de vasos comunicantes para aludir a un concepto unitario del fascismo, cuando no es una prueba suficiente ya que no indaga en profundidad en el contenido ideológico e influencias filosóficas de dichos movimientos, cuando en ocasiones eran hasta antagónicas —incluso en lo que concierne a las corrientes internas de cada movimiento nacional. Cosa que es imaginable porque no venían a ser ideologías muy desarrolladas doctrinalmente, además de presentar por la deriva de los acontecimientos ambigüedades. Elemento que siempre le ha servido a la derecha para reducirlos a lo que acabaron convirtiéndose muchos de esos movimientos: fuerzas de choque. Esto solo puede llevarnos a pensar que, efectivamente, había conexión entre las ideas de los movimientos obreros y aquellas terceras posiciones; o que más bien estas ideologías podrían verse como un intento de superación de aquellas, que lideraban esos movimientos obreros. Se pueden hablar de puntos de partida en común entre los distintos movimientos fascistas, pero también se pueden encontrar entre los partidos de izquierda definida para que se diese ese trasvase “rojipardo”.

 Y por lo tanto: esto derrumba aquel mito que reduce al fascismo como un simple sistema de dominación al que recurre la burguesía para engañar a los obreros y evitar cualquier revolución (que eso no quita que se le financiase y utilizase para dicho fin en determinados momentos). Precisamente porque estos casos de los famosos tránsfugas no solo se limitaron a militantes sueltos u ocasionales, sino que arrastra a dirigentes, cargos de responsabilidad cuando no fundadores. En cualquier caso, hablamos de personas con una vinculación estrecha a organizaciones socialistas y en las que podemos presumir un grado de formación y de implicación intelectual en dichas ideologías.

Para más inri, el escritor italiano menciona también una pasión humana que mueve a aquellos tránsfugas y que, según él, sería el odio mientras que “la izquierda” en general se basaría en el amor:

 “La diferencia entre estos diferentes cuerpos es de todos modos evidente: si los partidos socialista y comunista eran los cuerpos de un amor de justicia social –aunque cruel en algunos casos–, los partidos fascista y nazi eran cuerpos que volvían a dar vida a la camaradería guerrera que amaba el odio y se identificaba solo como enemigo de enemigos”.

Sin duda es algo que nos deja sin comentarios por el poco desarrollo de tal premisa y el sesgo ideológico que presenta, más cercano al razonamiento de un hippie o de un sectario moralista, que de un analista serio. Lo cual hace la zancadilla a su propio trabajo en tanto en cuanto ya reconoce sublimación de elementos ideológicos de los movimientos de izquierdas en aquellos fascismos donde se integrarían en una idea nacional. Busca unificar categóricamente esta idea del fascismo para alimentar un fantasma que, a día de hoy, es inoperativo si hablamos de una propuesta política seria —salvo para una izquierda que lo proclama para poder justificarse en su posición, aunque indefinida.

Un repaso desde la tradición marxista y las izquierdas

Ahora toca analizar vicisitudes desde la propia izquierda, concretamente desde el comunismo en su desarrollo ideológico de sus corrientes y autores; así como el caso soviético en cuestiones relacionadas con la moral, la familia o la patria. Cuestiones que también reciben el calificativo arrojadizo de rojipardo. Al hilo de lo que veníamos comentando y metiendo el énfasis en la ambigüedad que presentan muchos conceptos —porque no son cuestiones simples—, no se trata de una definición monolítica como tantos asuntos en relación con las ideologías políticas y su desarrollo teórico y práctico en el transcurso de la historia.  Desde luego, el marxismo no se puede considerar una doctrina antinacional, sino que más bien necesita del desarrollo en el marco del proceso de cambio revolucionario en el hilo del devenir histórico de las revoluciones burguesas, para romper con el antiguo régimen y desarrollar el Estado nación. En el seno del Estado en una nación ya constituida, se plantea el conflicto de una lucha de clases donde dialécticamente el proletariado como sujeto revolucionario —dada su capacidad productiva y su posición económica en el proceso de producción— es quien conquistaría el Estado y de ahí elevarse a una clase nacional que trajese un nuevo modelo de sociedad con un hombre nuevo, en el ámbito de una revolución internacional. En tal caso, la praxis ya acarreó dilemas sobre cuestiones con la aplicación del derecho de autodeterminación de los pueblos, como es el caso del antiguo imperio zarista; en cuya plataforma imperial se asentaría la URSS. Como también aquella división entre las tesis de la revolución mundial de Trotsky y el socialismo en un solo país de Stalin.

En ninguno de los casos se puede hablar de una negación de la patria y de la nación como realidad histórica constituida, es decir, una gran confusión se presenta cuando pretendemos equiparar el internacionalismo con el cosmopolitismo. Concretamente, el cosmopolitismo burgués que Marx critica es una característica del capitalismo en su máximo desarrollo. Y esto se ve más claramente en nuestros tiempos con el desarrollo de la globalización. Este cosmopolitismo es una tendencia recurrente en grupos de origen trotskista, anarquista y especialmente postmarxista, que claman a revoluciones globales obviando cualquier idea patriótica confundiéndola con un vestigio reaccionario. Por las dinámicas ideológicas o por la propia fuerza inercial de la narrativa, sin comerlo ni beberlo, acaban siendo el soporte cultural de un capitalismo que —lejos de verlos como obstáculos— los convierte en un producto de mercadotecnia o simplemente se menguan sus capacidades de proponer un cambio transformador y radical de sociedad. Cabe solo destacar aquello que en tantos dirigentes socialistas marxistas como Stalin, Kim Il Sung o Mao se pronunciaba —quizá con distintas fórmulas aunque mismo contenido— aquella idea del “nacionalismo sano en el marco del internacionalismo proletario”.

Sobre cuestiones relacionadas con la concepción de la mujer es obvio que la búsqueda de la emancipación solo se da en el plano de igualdad entre sexos, donde las barreras de una construcción social patriarcales se derriban en tanto hay una lucha de clases. Pero es en esta lucha de clases donde se resuelve la emancipación del ser humano, el cual reproduce diversas formas de explotación y de moral —dada una relación de dominación subyacente del capital. La crítica a las dinámicas sociales, ciertas instituciones jurídicas y formas morales, se realizan porque están impregnadas de dicha dinámica subyacente.

Cartel propagandístico del Partido Comunista Italiano que hoy se merecería el calificativo de neo rancio según ciertos progres ya que refleja un discurso de «derechas» marcando un patrón hetero normativo. Esperemos que hayan pedido perdón.

Cabe recordar aquel episodio de inicios de la revolución soviética, tan aplaudido por las versiones más “radicales” entre las izquierdas — ya que suelen ponerlo como precedente de ciertas políticas del libertinaje sexual y el aborto como elemento progresista. Fue un experimento social bastante convulso, ya que se venía de una sociedad feudal cuya moral estaba anclada a formas tradicionales —así como la concepción de los roles entre hombres y mujeres, en la sociedad, en la familia, el sentido de la sexualidad. Toda esta oleada en tan poco tiempo provocó un drástico efecto rebote cuyas consecuencias pronto se tuvieron que revertir en la propia sociedad rusa. Ya incluso comunistas como Clara Zetkin advertían de dicha deriva, y además los riesgos de una interpretación libertina del amor en la sociedad, llevó pronto a una promiscuidad elevada, un debilitamiento de la familia y una desnaturalización de la maternidad, dejando muchos niños en orfanatos. Por una clara cuestión de pragmatismo social posteriormente en los años 30, se volvió a una vieja moral, también por una influencia de la Iglesia Ortodoxa —elemento cohesionador ideológico del que se tuvo que servir el Estado dada la idiosincrasia cultural— porque cabe recordar que muchos obreros sí seguían teniendo arraigada esa fe, y desde la URSS comandada por Iósif Stalin, el Estado se apoyó de esta. No significa necesariamente que una religión o un tipo de moral sea la base de la sociedad, sino que ante ciertas situaciones límite y fundamentales para una sociedad en ciertos contextos, se precisa de políticas muy concretas. Ejemplo de ello, lo fueron la Ley de Julia y Papia Poppaea del emperador Augusto, para fomentar el matrimonio frente al concubinato; persiguiendo reforzar la institución de la familia dentro del Imperio Romano para asegurar el relevo generacional de la población y evitar el desastroso caso de tener niños huérfanos en la calle.

Traducción del cartel soviético: «el aborto es dañino para tu salud» «es mejor prevenir el embarazo que terminarlo artificialmente»

¿Este caso puede verse como un claro ejemplo de rojipardismo por el giro en la política del Estado? También hay quienes buscan acusar a Stalin de traicionar principios marxistas o bajo la típica acusación de que “la URSS al final fue un proyecto ultranacionalista” cuando tal vez no se tiene en cuenta que la revolución se tiene que incardinar en un contexto concreto —con todo lo que ello conlleva— y que junto a la dialéctica de clases se entrecruza la dialéctica de Estados en el terreno de la realpolitik en un contexto internacional. En el caso ruso curiosamente si nació un partido Nacional-Bolchevique de la mano de Dugin y Limonov tras la caída de la URSS el cual reivindicaría una mezcla de políticas comunistas con la tradición ortodoxa y nacionalismo ruso el cual sería un movimiento idealista, y para nada desacertado catalogarlo de fascismo. Posteriormente Dugin se aleja para desarrollar su 4ª Teoría Política que para la idiosincrasia rusa se la conocería como neo-eurasianismo. En su esencia está la crítica radical a la modernidad en la cual ve la limitación de considerar un sujeto revolucionario, mientras que el propondría el concepto que toma de Heidegger de una manera peculiar-Dasein- para justificar espacios de civilización para articular un mundo multipolar que haga frente al globalismo de Estados Unidos que pretende imponer el triunfo de una única concepción del mundo. Hasta cierto punto reaccionaria, empero propone reabsorber elementos válidos de lo que él considera 2ª teoría política,marxismo, y 3ª teoría política, fascismo. Clasificación poco precisa, pero comprensible en tanto en cuanto dicho análisis le sirve para justificar una ideología que le pueda dar herramientas para una narrativa capaz de reconstruir el status quo de Rusia a nivel internacional y sobretodo, como civilización. Por lo cual dicho discurso ha influido en la construcción de la Federación de Repúblicas populares de Novorossia, es decir, actualmente los territorios de Donbass. Presentan la combinación de nacionalismo ruso con la herencia comunista de la cual no reniegan-y esto hay que subrayarlo. Lenin y una cruz ortodoxa lo representan gráficamente. Esto llevó a la disonancia cognitiva a aquellos “izquierdistas” y pseudo-comunistas varios de los países de Europa occidental que viajaron a Ucrania pensando ser las brigadas internacionales de la guerra civil española.

Sin duda alguna si cabe señalar un punto de inflexión de esta desmembración de la izquierda en el contexto occidental, es aquel mayo del 68, y especialmente aquella impronta universitarista que dejó gran eco y que fue —sin duda alguna— la de los posmodernos. Esto no quiere decir que fuesen los únicos que orquestaron tales revueltas, porque en aquellas protestas y sus homólogas en los sucesivos años en otros países, participaban grupos de muchos colores ideológicos con aspiraciones revolucionarias diversas. No obstante, la importancia de una revolución, más que en el hecho en sí, se ve en las consecuencias que generan en el transcurso de la historia. Pero si tenemos que señalar una nota característica, es la lucha contra toda forma de autoridad y de valores absolutos; una revelación de una juventud contra las generaciones anteriores llevando un elemento esencialmente rupturista.

 Si nos paramos a pensarlo, también la juventud era un elemento esencial en los movimientos revolucionarios comunistas o fascistas —y recordemos que estos a imitación de los primeros. Pero no eran una categoría política per se, sino que podría verse como aquel impulso generacional para dichas causas. Es especialmente germen de la deconstrucción y la interseccionalidad.

Grosso modo, con el enfoque de la identidad y la subjetividad, lo relativo a la multiplicidad (que precisamente toca de lleno en las cuestiones relacionadas con la sexualidad e identidad de género) o la deconstrucción de metanarrativas.

El nacional sindicalismo, aquel extraño movimiento

Llegados a este punto, nos centramos en el curioso caso del histórico Nacional-Sindicalismo español como ejemplo de “rojipardismo” patrio. No es extraño escuchar la acusación de “falangista” como etiqueta arrojadiza para todo aquel de izquierda que al menos diga que España es una nación política indivisible. O, por el contrario, para cualquier sector de la derecha que pueda tener más inclinaciones sociales o alejadas del neoliberalismo. Es decir, actualmente no es un concepto político claro y con un protagonismo en la escena política, y mucho menos un proyecto. Aunque esto no lo exime de haber tenido una historia, un papel relevante y un desarrollo que merece ser analizado.

El primer Nacional-Sindicalista español fue el joven filósofo —discípulo de Ortega y Gasset—, Ramiro Ledesma Ramos; el cual con un grupo de jóvenes funda el semanario La Conquista del Estado poco tiempo antes del nacimiento de la Segunda República y de donde posteriormente saldrían las Juntas de Ofensiva Nacionalsindicalista (JONS) al haberse fusionado con las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica (JCAH). Entre los principales ideólogos, aparte de Ledesma Ramos, están Onésimo Redondo, Julio Ruiz de Alda y el que terminaría siendo el líder José Antonio Primo de Rivera, hijo del dictador Miguel Primo de Rivera.

 Dicho movimiento experimenta una fugaz evolución ideológica, ya que iba definiendo su identidad y desarrollo en un tiempo muy rápido, además de que sus principales ideólogos fueron asesinados durante la guerra civil —lo que supuso un gran obstáculo para su posición. Lo cierto es que nace a inspiración del fascismo, aunque hay que matizar que esa etiqueta ya se utilizaba en España por parte de grupúsculos como el Partido Nacionalista de Albiñana, de carácter más conservador y reaccionario, y que solo planteaba un nacionalismo sin ninguna pretensión hacia lo social. Por otro lado, desde la parte de los oligarcas españoles esperaban financiar un movimiento que pudiese frenar las pretensiones del movimiento obrero. En cambio, en el jonsismo sí se planteaba esta cuestión obrera, que también asume José Antonio, más allá de un mero principio inspirado en la doctrina social de la Iglesia sino con la construcción de un Estado y sociedad concretos.

En tal caso, podríamos decir que su búsqueda de un “fascismo” español era más bien la búsqueda de lo que ellos, los principales ideólogos del nacional sindicalismo, entendían por “lo nuevo”, la creación de una nueva doctrina con capacidad transformadora que a la vez fuese genuinamente español, buscándolo precisamente en los que no eran fascistas dentro de España (término que ya venía utilizándose antes en la nación). Miraba a la CNT y al mundo obrero, no a Albiñana: un mensaje transversal para las masas, no para un grupúsculo. Cuyo máximo elemento revitalizador sería la juventud nacional.

Para definir una nota característica del alcance de dicho movimiento sindical es la conquista del Estado por la vía revolucionaria mediante una nacionalización total del movimiento obrero español. No es, por tanto, de extrañar que desde los primeros tiempos se constituyesen las CONS como sindicato de FEJONS cuyas filas se empezaban a nutrir progresivamente de obreros y especialmente dirigentes de origen marxista y anarquista. Hubo acercamientos al movimiento obrero y también combates directos con organizaciones que ocupaban tal lugar, empleando también las técnicas de quinta columna para entrar en dichas organizaciones y atraerlas hacia ellos. Si pretendían contrarrestar al resto de organizaciones era por una cuestión de rivalidad revolucionaria, por otro lado Falange Española (antes de su fusión con las JONS) de José Antonio sí arrastraba más elementos reaccionarios, ya que él entra en política para defender la memoria de su padre y muchos aristócratas y gente de clases altas esperaban una suerte de movimiento nacionalista que instaurase un  corporativismo meramente armónico y no desmontase la maquinaria socio-económica del capitalismo. No es casualidad que el uniforme que se adopta sea la camisa azul mahón al estilo de los monos de los trabajadores y que su bandera se inspirase en los colores del anarcosindicalismo.

La novedad que este movimiento trae es la conjugación de las reivindicaciones sociales del movimiento obrero con la idea de la patria como empresa colectiva común y en contra de los separatismos. Especialmente teniendo en cuenta que los anarquistas rechazaban tal idea y que desde el marxismo español no se supo conjugar de una manera más resuelta con la cuestión nacional, llegando a malinterpretar el contenido del derecho de autodeterminación de los pueblos con los movimientos separatistas. La mirada recelosa desde Nacional-Sindicalistas y anarcosindicalistas hacia los comunistas, era el temor a la intromisión de una potencia extranjera que utilizase a España como satélite. Además de una larga lista de nombres como Manuel Mateo, Santiago Montero Díaz, Marciano Pedro Durruti, etc. Tantos asesinados y perseguidos desde la izquierda y la derecha —antes, durante y después de la guerra civil— que nos confirman una teoría de vasos comunicantes, se añaden tantos otros que después se pasaron a posiciones de diversas izquierdas, socialdemócratas, marxistas, anarcosindicalistas… Como es el caso de Dionisio Ridruejo o Manuel Sacristán Luzón y tantos que conformaron aquel falangismo más auténtico o puro.

No es tarea fácil definir bien la ideología ya que, como comentábamos tuvo, un desarrollo veloz en un contexto convulso. Nace con la fiebre de los fascismos desde posiciones corporativistas y armonizadoras hasta evolucionar a un movimiento sindicalista de carácter revolucionario. Una de las acusaciones es la de negar la lucha de clases, cuando esta afirmación no es del todo precisa, pero ni siquiera quedaba clara desde sus propias filas.

El sentido del Estado sindical que se preconizaba trata de ser un Estado obrero donde se extrapolaría una suerte de organización anarcosindicalista a una posición vertical para vertebrar el cuerpo de la patria. Sería dar el poder a organizaciones autónomas de trabajadores donde los patronos pasaran a ser un engranaje más de la producción —una vez desmontada la propiedad capitalista para reconfigurarla en el marco de la sindical. Se entendía que los sindicatos mientras sea en el contexto del capitalismo tienen que ser de clase para defender sus intereses frente la explotación del capital. No obstante, en ese nuevo Estado finalizaría esa necesidad de la lucha de clases y, en todo caso, lo que se rechaza de la dialéctica de clases sería su concepción marxista del motor de la historia, pero reconociendo y aplicando su análisis crítico del capital.

 Entre los máximos exponentes y continuadores de dicha revolución se puede encontrar a Manuel Hedilla Larrey, que fue condenado a muerte por el franquismo pero luego se le conmutó la pena —y más tarde cayó en el ostracismo político. Sin embargo su figura fue mitificada para ser icono de aquel falangismo disidente que no se resignaba a perder autenticidad.

Se puede mencionar el famoso caso de Salvador Merino (que venía del ala radical de la UGT) el cual trató de articular el nuevo sistema sindical en la España naciente después de la guerra —cosa que ponía en jaque ciertos privilegios de las derechas más reaccionarias. Organizó una gran marcha de 40.000 obreros que exigían la puesta en práctica de todo un programa de justicia social bajo aquel lema “abajo la burguesía”. Lo que le costó la destitución de ministro bajo la acusación de ser masón. Estos eran considerados por las derechas clericales, monárquicas, reaccionarias y burguesas como aquellos “FAIlangistas”, como el atún (azules por fueras y rojos por dentro). Azules que muchos de ellos fueron asesinados en 1942 por la dictadura de Franco. Poco a poco los que quedaban irían perdiendo terreno contra una derecha que les estaba fagocitando y en donde otra parte se hacía franco-falangista. Y quienes podían, trataban de intervenir desde dentro del Estado. Unos de una forma oportunista —pasándose a posiciones cada vez más conservadoras— y otros conservando el espíritu inicial, seguían una línea posibilista, de donde saldría un joven Narciso Perales que posteriormente sería representante de aquel falangismo auténtico. Otra figura a destacar que no puede pasar desapercibida es el gran sindicalista católico —hijo de republicanos fusilados por el Bando Nacional— Ceferino Maestú Barrio. Desde jovencito se uniría a la causa Nacional-Sindicalista y participaría activamente en su sector más radical y clandestino durante la dictadura. En connivencia con grupos católicos obreros, comunistas, y falangistas opositores, fundaría las originarias Comisiones Obreras (CCOO) en el Centro Social Manuel Mateo. También es necesario destacar la figura de Serafín Reboul en dicho contexto, como secretario general de las CONS y ferviente activista por el nacional sindicalismo .

Extraído de dicha revista: «SERAFIN Reboul Estecha, trabajador de ideología nacionalsindicalista, despedido en unas ocasiones
y perseguido en otras muchas, participó desde muy joven en los distintos movimientos que
empezaban a conmover el mundo laboral español bajo el franquismo.
Después de tomar parte activa, junto con otros trabajadores falangistas, en la creación de las
Comisiones Obreras, se suma a las gestiones encaminadas a reorganizar la Central Obrera Nacional
Sindicalista, de la que es secretario general.
«

No obstante, desde sus orígenes el Nacional-Sindicalismo presentó ambigüedades. En primer lugar, su posicionamiento inicial respecto al fascismo se materializó con el lanzamiento del periódico El Fascio, del que solo se publicó un número —y pronto se arrepentirían sus propios fundadores. Hubo admiraciones hacia aquellos sistemas, pero paradójicamente especificaban que el movimiento español tenía que seguir un camino propio. Aunque llevó al mismo José Antonio Primo de Rivera a desmarcarse de la etiqueta “fascista”, lo cierto es que se le ha considerado al Nacional-Sindicalismo el más revolucionario u obrerista de los fascismos. La salida de Ramiro Ledesma de Falange de las JONS se vio como una deriva del partido hacia la derecha. Primo de Rivera, por otro lado, no estaba dispuesto a que Falange se convirtiera en una fuerza cipaya al servicio de la reacción y su relación con Francisco Franco no era, hasta lo que se conoce, afín.

El secuestro de Falange de las JONS por la derecha a través de una desnaturalización de su mensaje —junto con la mutilación ideológica en la fase fundacional— impidió un correcto desarrollo ideológico para cimentarse como socialismo patriótico sin resquicios fascistoides. Y eso podría haber dotado de mayor sustancia al movimiento político rojinegro e impedir que se convirtiera en una especie de acompañamiento coreográfico y estético que solo serviría para unas comparsas abanderadas, orladas en retóricas de imperio, pero sin una revolución radical y —menos aún— una socialización de medios de producción. En otras palabras, una derecha socialista inspirada en principios de la doctrina social de la Iglesia.

Tenía un discurso completamente hispanista, y como tal, esto le aporta una visión en defensa de los valores hispánicos universales de la catolicidad. Esta sirve como tapón a la influencia protestante racista de la que se nutre el NacionalSocialismo alemán; que en términos ideológico-filosóficos hace confrontar la Falange de José Antonio con el racismo nazi. Por el contexto de la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, se alinean con el Eje un considerable sector del falangismo. Curiosamente, podemos encontrar en este a algunos de los falangistas auténticos; llegando así a ellos las influencias germanófilas. Concretamente esa unión con el fascismo le aporta cierto elemento europeísta —aunque matizable— que entra en confrontación con el hispanismo, generando confusión doctrinal. Elemento qué se dará en movimientos fascistoides sucedáneos,muchos de ellos con elementos literalmente rojipardos, casi al estilo del nacional-bolchevismo de Limonov hasta para apoyar a los nacionalismos fraccionarios en España.

Podríamos decir que más que Falange, entre los grupos fascistas españoles, podríamos señalar precisamente a grupos antiespañoles como la Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) con sus juventudes “los scamots”. Estos presentaban una retórica abiertamente fascistizante, como un discurso nacionalista racista; además de financiación directa por parte del régimen de Mussolini —mientras que Falange llegó a recibir escasas sumas y de manera indirecta— a lo que se le puede añadir a las curiosas simpatías que nacieron desde sectores del nacionalismo vasco hacia el NSDAP.

En cuanto al planteamiento del problema de  España, el sentido de la nación como “unidad de destino en lo universal” es una frase cargada de poesía pero ambigua, tanto que nos puede llevar al concepto de Renan de voluntad de ser y esto es muy peligroso porque abre la puerta a una concepción idealista más que materialista. La nación política no se define en la historia por un consenso, sino que es un proceso histórico paulatino y escalonado. Por un lado se explica tal frase por ser un pretexto de armonización en un contexto de desmembración y guerra civil; por otro abre la puerta a que desde la propia doctrina se avance hacia postulados federalistas que sirven como caballo de Troya del separatismo y en consecuencia la descomposición nacional. En lo que concierne a su desarrollo económico especialmente en la época de los 70, en el contexto de FE JONS (Auténtica), se promocionó mucho el término de la autogestión como una forma de modular su sentido del sindicalismo y en contraposición a la concepción corporativista. . Término que realmente vemos insuficiente y se ve superado por una idea de la planificación, aunque no necesariamente esta última esté en contraposición total con cierto grado de autogestión.

Quizá el máximo exponente de dicho falangismo desarrollado doctrinalmente se puede ver en aquella FE- JONS(auténtica) cuyo “padre espiritual” fue Narciso Perales, en la época de la transición. La cual posteriormente y sin motivos claros se disolvería. Siguiendo dicho espíritu revolucionario y de renovación doctrinal la FE-JONS liderada por el periodista Gustavo Morales, que posteriormente se vería truncada por elementos franquistas y reaccionarios, del sector del derechista Diego Márquez Horrillo. Más tarde, surgirían grupos como la Mesa Nacional Falangista (MNF) del militante falangista químico y psicólogo Fernando García Molina (y posterior fundador de la Comunidad Política Vértice), cuyo símbolo no era el yugo y las flechas sino la espiral que se utilizó en el Frente Sindicalista Revolucionario fundado por Narciso Perales a finales de los años 60. Más allá de ahí, se puede dar por sepultado dicho movimiento.

El caso de esta última organización es de especial interés ya que parte de un planteamiento nuevo para sintetizar distintas corrientes socialistas (desde marxismo, anarcosindicalismo, socialismo cristiano, etc.) y con el objetivo de crear otra corriente dejando atrás los resquicios del nacional-sindicalismo histórico no sin transplantar gran parte de sus valores esenciales más aprovechables. Contaba con militantes de distintas corrientes de izquierdas y encaminadas a unos postulados radicales y revolucionarios. Aunque su periodo de vida fue relativamente corto, ya dejó un precedente de movimiento revolucionario superador de divisiones artificiales, de clase y ¿por qué no? Rojipardo(valga el meme).

En resumen, una escasa actualización y sobre todo autocrítica y depuración doctrinal en pos de una mayor cohesión y estrategia. Sin embargo, podemos decir de dicho movimiento que nació como un fascismo y llegó a parar en aquella frase de un tal Roberto que en la actualidad política española da mucho juego “Diríamos, para terminar, que a Ramiro Ledesma y a sus camaradas les viene mejor la camisa roja de Garibaldi que la camisa negra de Mussolini”.


[1] Traducción del término italiano “rossobrunismo”

Bibliografía recomendada:

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https://es.rbth.com/historia/90594-urss-convirtio-pais-puritano

https://es.wikipedia.org/wiki/Frente_Sindicalista_Revolucionario

Frente nº1, Frente, organo de la Junta Local de Frente Sindicalista Revolucionario de Madrid. Numero 1, julio de 1968. Fuente: Ministerio de Cultura. https://www.falange-autentica.es/descargas/file/83-fsr-frente-num-1-julio-1968

https://www.youtube.com/watch?v=O-rRXlzaIA8&ab_channel=SantiagoArmesilla  ¿ROJIPARDOS?: Víctor LENORE, Javier BERMEJO, Genís PLANA, Yesurún MORENO y ARMESILLA [Encuentro], mayo 2022.

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