Por Alexandre García (Colaborador)
Han pasado 2 años y 4 meses (casi) desde el inicio de la operación rusa en Ucrania, y sobre este tema ya se han vertido ríos de tinta, y se han suscitado debates que en ocasiones han resultado ser discusiones iracundas. Debates que no solamente atraviesan nuestra izquierda nacional, sino la sociedad en su conjunto, entre partidarios de Ucrania y partidarios de Rusia (por una razón difícil de entender, cuando se habla de Rusia se suele hacer una metonimia y se emplea el nombre “Putin”). Y no sólo en España, sino que este debate se produce en la totalidad o cuasi totalidad de los países de Occidente. Con lo cual, en este artículo, en el que voy a dar mi opinión, no pretendo aportar algo muy novedoso pero sí humildemente situar algunos elementos de reflexión que pueda servir para la credibilidad de una izquierda nacional y soberanista.
En primer lugar, no estoy para nada de acuerdo con los que afirman que las Naciones Unidas son una organización que no sirve para nada, cuyos tratados son papel mojado y que por eso no habría que tenerlos en cuenta. Los que dicen eso, hacen una especie de copia-pega de un análisis seudo-marxista que tal vez podría servir para un parlamento nacional o una constitución, pero que no sólo no sirve en el caso de Naciones Unidas, sino que además este tipo de posicionamientos ayuda al gobierno de los Estados Unidos en sus planes. Directamente.
Porque, afortunadamente, en cuanto a derecho internacional se refiere, la ONU es lo único a lo que agarrarse para que en el mundo no impere la ley de la jungla. Creo que esto es comprensible para cualquiera que haya llegado intelectualmente a una cierta mayoría de edad y no defienda ideas cándidas como la “revolución socialista mundial”, o que afirme, como pude ver en el caso del presidente del Frente Obrero en un debate con él en Twitter, frases como “no creo en el derecho internacional, sino en el internacionalismo proletario”. Alguien que llegue a la presidencia del gobierno y afirme que “el derecho internacional no sirve para nada”, directamente lo que hará es hacerse el hara-kiri, porque a partir del momento en que diga eso en nombre de España, nadie, absolutamente nadie tomará en serio a España.
El artículo 2.4 de la Carta de Naciones Unidas establece lo que en mi opinión debería ser la línea de conducta de todo Estado en el orden internacional:
“Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas.”
Difícilmente se podrá estar en desacuerdo con eso. De allí que Javier Couso, a quien he criticado en mi canal por sus posiciones sobre la UE, sin embargo, tiene mucha razón cuando afirmó (como fue el caso en 2019 en un acto sobre Rusia en El Círculo de Bellas Artes que contaba con la presencia de Rafael Poch) que él había empezando su militancia política «siendo un punki anarquista» que tocaba en Sin Dios, y acabó limitándose a defender el derecho internacional. Y es verdad, porque para que podamos vivir en un orden internacional más armónico y seguro, en realidad no hace falta mucho más que defender este artículo 2.4.
¿La existencia de este articulado evita que países como Estados Unidos, Marruecos o Israel estén violando constantemente el derecho internacional? No. Pero el derecho internacional no deja de ser, lo vuelvo a repetir, algo a lo que agarrarse para no estar directamente en plena ley de la jungla, y que sirve precisamente para denunciar que dichos países (u otros) están violando el derecho internacional. Porque de lo contrario, luego no habrá que venir llorando porque Israel no respeta las resoluciones 181, 194, 242 o 446 de Naciones Unidas.
Entonces, dicho esto, naturalmente se nos viene una pregunta a la mente: ¿Ha violado Rusia (me vais a disculpar que no diga “Putin”) el derecho internacional al iniciar su operación en Ucrania el 24 de febrero de 2022?
La respuesta es, o al menos creo que debe ser: Sí.
¿Esto implica automáticamente que Rusia, desde su posición, no tenga razones legítimas para una operación que, al igual que la de Georgia en 2008, por muy condenable que pueda ser (porque no creo que una persona de bien se pueda alegrar jamás de que haya una guerra), no deja de ser un movimiento puramente defensivo? No. Y cualquier geopolitólogo honesto, que observe con frialdad los hechos acontecidos en los últimos 30 años y no obedezca a una cierta doxa preparada y cocinada desde Washington, lo confirmará.
Pero por mucho que un cierto reflejo “anti-imperialista” provoque en algunos un deseo irrefrenable de apoyar a Rusia en sus acciones, los que defendemos el respeto del derecho internacional, si queremos ser coherentes, no podemos hacer una excepción a la regla en el caso de Rusia. Y esto no tiene nada que ver con un juicio moral acerca de si Rusia tiene, o no tiene razón. No me lo permitiría, porque no soy ruso, ni soy el presidente de Rusia, ni puedo pretender saber qué es lo que habría hecho en su lugar. Ahora bien, desde mi posición de español, considero que, ante la amenaza (real) de que Ucrania entre en la OTAN, Rusia debería haber llevado el asunto ante Naciones Unidas en lugar de tomar la justicia por su propia mano.
Y de hecho, en realidad no me hace falta inventar una consigna muy ocurrente para definir cuál debería ser la posición de la izquierda (y de la derecha, inclusive) al respecto, porque eso ya se ha dicho muchas veces, y lo dijo el presidente de China Xi Jinping (que es cualquier cosa menos un imbécil) en conversación con el presidente Joe Biden en marzo de 2022: “La crisis ucraniana no es algo que deseábamos ver llegar.” [1]
Frase que, en apariencia, no dice gran cosa y con la que todo el mundo está de acuerdo, sea pro-Zelenski o pro-Putin. Pero, cuando uno conoce la mentalidad de los chinos (en este caso, ser extremadamente educado pero no hacer ninguna concesión a los Estados Unidos), en realidad lo que significan estas palabras es que China no da carta blanca a Rusia para cometer cualquier tipo de acción, pero no deja de lamentar las causas por las cuales se ha originado el conflicto. Causas que, entiéndase, no son adjudicables solamente a la persona de Vladimir Putin (es lo menos que se puede decir).
Lo que ocurre es que en España, el hecho de saber cuáles son las causas reales de la guerra y la naturaleza del régimen de Zelenski, junto con una cierta histeria anti-rusa, ha provocado en ciertos sectores de la izquierda indefinida en el poder una especie de trastorno bipolar, mediante el cual la postura sobre el conflicto en Ucrania ha sido un “si, pero no” constante que denotaba una cierta inseguridad. De ahí que ante el envío de armas a Ucrania por parte de los países de la OTAN, se esgrimieran, para oponerse a ello, argumentos tan patéticos como que ello no servirá para que Ucrania gane la guerra. Una afirmación hecha sin duda ante el temor de que la Gestapo en los medios de comunicación y la clase política les tilde de “prorrusos”. Pero, por una parte, hay que decir que en eso han fracasado estrepitosamente, porque siempre habrá mentes bienpensantes en medios de comunicación y redes sociales que los calificarán de «prorrusos». Pero es que además, el argumento absurdo, porque que lo que vienen a decir, es que es que si la ayuda militar a Ucrania serviría para escalar a una III Guerra Mundial, entonces sí habría que apoyar el envío de armas a Ucrania.
En realidad, debería ser irrelevante si el envío de armas a un país considerado “aliado” será algo que le servirá o le dejará de servir. Y hay que decir que una de las personas que mejor expresó qué actitud debe adoptar la comunidad internacional ante la invasión de Ucrania, fue otro representante de la izquierda indefinida, que fue el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador. México forma parte de los países que votaron a favor de la condena a la agresión rusa. Y, sin embargo, AMLO dijo, también en marzo de 2022, esta frase que me parece brillante y que resume a la perfección mi posición:
“Cualquier represalia económica contra Rusia no sería bienvenida, porque México pretende mantener buenas relaciones con todos los gobiernos del mundo y preservar la posibilidad de diálogo con las partes en conflicto. Considera que no es responsabilidad de México decretar sanciones, eso equivaldría a asumir una forma de protagonismo en una guerra que no es la suya y que es más importante concentrarse en promover el diálogo para poner fin a las hostilidades.” [2]
Efectivamente, la actitud de un gobierno español decente y que se haga respetar en el mundo (pero la pertenencia a la OTAN nos ata de pies y manos) no debería ser pro-Putin, ni pro-Zelenski, ni anti-Putin, ni anti-Zelenski, ni meterse en camisas de once varas diciendo que de todas formas la ayuda militar a Ucrania no servirá, sino que consiste simplemente en mantener que esta guerra no es la nuestra ni tenemos que asumir, como dice AMLO, una forma de protagonismo interviniendo a favor de uno u otro bando.
De hecho, el mismo AMLO luego añadió una coletilla que revelaba el fondo de su pensamiento, diciendo que condena “toda invasión, en particular por parte de una potencia mundial”, frase que contiene un obvio doble sentido.
Algunos, por razones más o menos emocionales, se indignarán ante los que mantenemos esta posición, poniendo el grito en el cielo porque se no se está prestando ayuda a un país soberano que ha sufrido una agresión (cuando éstos mismos, en su inmensa mayoría, no dijeron ninguna palabra cuando el régimen de Kiev bombardeaba las poblaciones del Donbass). Pero es interesante, porque suscita la siguiente cuestión que quería abordar: ¿deben los países miembros de la comunidad internacional regirse en su política por la defensa exclusiva de sus intereses?
Esto lo digo, en su día, no hace mucho (digo “no hace mucho” porque ya no aparece en su página web), en el programa político del PCTE pensado para el momento post-revolución, se decía que el “Nuevo Estado Obrero” debía prestar su ayuda a los movimientos revolucionarios en el resto del mundo.
Hay ejemplos hermosos de solidaridad internacional. Cuba, desde el primer momento de su revolución, lo ha demostrado y lo sigue haciendo a día de hoy, enviando por ejemplo médicos por el mundo para que presten sus servicios a poblaciones necesitadas. Y, de hecho, es dudoso que eso Cuba lo haga haciendo injerencia en esos países y no con el pleno consentimiento de los gobiernos que reciben esos médicos.
Pero una política “internacionalista” de este tipo, si bien es deseable, desde luego no es tampoco una obligación. Y no debe serlo, porque tengo el firme convencimiento de que, precisamente, es el hecho de que cada país defienda sus intereses lo que hará que surja un día un orden internacional más armónico. Como decía el que en su día fue mi mentor, François Asselineau: “un país debe defender sus intereses, porque si no lo hace, nadie lo hará en su lugar.” Verdad que en apariencia parece de perogrullo, pero que en realidad no es entendido de forma cabal por los dirigentes europeos, que, precisamente por no defender sus intereses nacionales, han contribuido a que surja el conflicto ucraniano. Y ello después de la voladura de los conductos Nord Stream 1 y 2 (no tengo pruebas sobre quién y cómo se hizo aquello, pero de lo que estoy seguro es que Rusia no está detrás de eso), que ya no es una mera operación de subordinación ideológica, cultural y política sobre los países europeos, sino ya un claro crimen de guerra, contra los países de Europa (no digo “UE” porque entiendo que es importante hacer la distinción).
Seguramente algunos pensarán que defender sus intereses nacionales es algo obsceno. Pero no. Pensar eso sería tan absurdo como pensar que cuando el Granada juega en Primera División, debe preocuparse no solamente por sus puntos sino también por los puntos que otro equipo que esté por debajo de la tabla necesite para no caer en Segunda. Puede gustar más o gustar menos, pero el hecho de que en el mundo no deba reinar la ley de la jungla, tampoco implica que debamos creer que vivimos en el mundo de los osos amorosos, porque no es así. Y de allí la importancia fundamental de defender el derecho internacional, que no redundaría en un libre comercio que al final beneficie a todos, pero sí en un orden internacional que beneficie a todos, o que al menos asegure que el mundo será un lugar más seguro y donde habrá algo más de prosperidad para muchos países que actualmente carecen de ella.
Entonces, la agresión rusa contra Ucrania debe ser condenada. Tampoco digo que debe hacerse con la mayor de las energías (porque entiendo que eso pueda costar a algunos), pero como se dice en Francia, “hay que saber nombrar un gato a un gato”. Debe ser condenada por una mera cuestión de coherencia y de credibilidad en el discurso que una izquierda patriota debe articular y tendrá que articular de forma sostenida en el futuro. De lo contrario, perderíamos lo último que se puede perder en política, que es la credibilidad.
Y, sin embargo, como es el caso del presidente AMLO o del presidente Xi Jinping, esto no nos impide en nada tener una lectura de los hechos que hará que desde la Gestapo establecida en medios de comunicación y redes sociales, nos identificarán como “prorrusos” (o, como se dice desde algunas cuentas de Twitter en Francia, de “colaboracionistas”, lo cual ya es una inversión total de la realidad). Sobre esto ya se ha escrito y hablado mucho y no tengo mucho que añadir.
Sin embargo, ya que antes cité a AMLO, recordaré que en México se suele decir aquello de estar “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Esto significa que hay un “principio de realidad”, como decía De Gaulle, que se ha de tener en cuenta. Si a Rusia se le hubiese ocurrido colocar unos misiles nucleares en la frontera americana, apuntando a Texas, Nuevo México y California, tengo serias dudas de que el gobierno de los Estados Unidos hubiese tenido tanta paciencia como la que tuvo Rusia durante ocho años desde que se produjo el “Euromaidán”.
Como yo no soy comunista, lo que voy a explicar a continuación lo voy a decir con ningún complejo. Cuando se produjo la crisis de los misiles en Cuba en 1962 (no voy a ponerme a detallar los hechos anteriores que produjeron esa crisis, porque sería entrar en el debate eterno del huevo y la gallina, y además, como veremos a continuación, no es necesario), es decir, cuando Nikita Jruschov colocó cabezas nucleares en la isla, en ese momento la URSS no tuvo en cuenta el principio de realidad del que hablaba antes. Cierto es que, como dirán algunos, era la propia Cuba quien estaba siendo amenazada, y, de acuerdo con el derecho internacional, la URSS instaló una presencia militar en Cuba, con el consentimiento expreso del gobierno cubano (aunque no deja ser cierto que Nikita Jruschov forzó un poco la mano).
Sea cual sea la legitimidad de esta decisión, no cabe duda de que supuso una alteración importante en el equilibrio de fuerzas que oponía a las dos grandes superpotencias de la Guerra Fría, y de allí que la Francia de De Gaulle (nada sospechoso de ser un pro-americano) se posicionó del lado de los Estados Unidos. Y, aún sin ser, ni mucho menos, un fan de los Estados Unidos, creo sinceramente que era legítimo que los Estados Unidos consideraran aquello como una amenaza a su seguridad.
No hablaré mucho del desenlace que tuvo aquella crisis, sobre si la URSS obtuvo mucho o poco a cambio (obtuvo la retirada de los misiles de la OTAN en Turquía por ejemplo, aunque no impidió una derrota política para la URSS, pues la retirada de los misiles de Turquía no se hizo pública, con lo cual la retirada de los misiles cubanos dio una apariencia de estar huyendo con el rabo entre las piernas), ni quiero entrar en un debate sobre quién tuvo más razón o no, o sobre quién, en aquel momento, estaba del lado del “bien”. Porque además es un hecho que ha ocurrido hace mucho tiempo, y da igual quién tuvo o no razón en aquel momento, porque lo único que debería importar en 2024 es la jurisprudencia de Cuba 1962. Esto es lo único que importa y para lo cual aquellos hechos resultaron ser útiles.
Porque si la jurisprudencia Cuba 1962 ha de ser respetada, entonces, si los excitados que nos conducen a un conflicto a gran escala, potencialmente nuclear, contra Rusia, son coherentes, con más razón deberían aceptar que dicha jurisprudencia sea aplicada también a la expansión de la OTAN hacia el este de Europa y cada vez más hacia las puertas de Rusia (como es ya el caso de Finlandia y los países bálticos, y potencialmente Ucrania). Si la URSS no tuvo derecho a colocar misiles nucleares en Cuba (o, por lo menos, se la forzó a dar marcha atrás), por las mismas razones la OTAN no tiene derecho a expandirse hasta las puertas de Rusia. Esto, independientemente de que la OTAN es una organización que no debería existir, como confesó el presidente Macron en noviembre de 2019 al afirmar que la alianza atlántica estaba en estado de «muerte cerebral». [3]
He querido hacer mención de esta jurisprudencia Cuba 1962, porque creo que ella sola sirve para sostener de una forma impepinable la posición que debería adoptar el gobierno de España con respecto al conflicto ucraniano (aunque, como ya dije, nuestra pertenencia a la OTAN nos lo pone difícil, que no imposible), sin necesidad de entrar en un galimatías argumentativo, y además sería una buena posición de base para iniciar negociaciones de paz. Negociaciones con las que España debería colaborar si quiere adquirir prestigio en el orden internacional, porque no hay que olvidar que Occidente es solamente una parte del mundo y no el conjunto de la «comunidad internacional». Porque el resto de la comunidad internacional respeta un país cuando habla con voz propia y desde el respeto del derecho internacional, y no cuando simplemente obedece a la voz de su amo.
Y es una cuestión que no solamente atañe a España, sino al conjunto de los países de la Unión Europea, a quien se les había prometido en el pasado que “Europa es la paz” y a cuyas poblaciones se les había coaccionado para votar a favor de Maastricht, mediante un chantaje como el que articulaba el Partido Socialista francés durante la campaña por el referéndum a favor de Maastricht en septiembre de 1992, diciendo que la UE era la garante de que se pusiera un punto y final a las terribles guerras que habían asolado Europa durante el siglo XX. Y, si bien es cierto que desde Maastricht no ha habido guerras entre países de la UE (que no de Europa, y si no que se lo digan a los yugoslavos), la UE, que no es más que la faceta civil de una misma medalla cuya otra cara es la OTAN, nos conduce directamente a la guerra. Esto ya no es un pronóstico, es una realidad. Y no valdrá decir que el conflicto de Ucrania se ha originado porque Ucrania y Rusia no están en la UE, porque cuando los europeístas hicieron campaña para que se vote a favor de Maastricht, no pusieron ninguna condición a su eslogan “Europa es la paz”. Porque, que yo sepa, Ucrania y Rusia están en Europa.
[3] https://information.tv5monde.com/international/lotan-en-etat-de-mort-cerebrale-juge-emmanuel-macron-32271#:~:text=Emmanuel%20Macron%20a%20jug%C3%A9%20l,membre%20de%20l’Alliance%20atlantique